En las últimas semanas, el diálogo en los pasillos, las granjas y las salas de reunión del sector avícola tiene un mismo fantasma recorriéndolo. La presión sanitaria aumenta. Y con ella, la tentación de buscar soluciones mágicas o culpables urgentes.

Pero llevo casi treinta años en esta industria. Empecé como veterinario de granja, con las botas embarradas y la libreta de registros en la mano. Hoy acompaño operaciones en todo el Conosur. Y si algo me enseñó el camino de ida y vuelta entre la teoría y el barro, es esto: cuando la presión sube, lo único que realmente te sostiene es lo que viniste haciendo en calma.
Por eso quiero volver a una palabra que a veces se vacía de sentido: bioseguridad.
No me refiero al manual encuadernado que se actualiza cada dos años, ni a la lista de verificación que se completa apurado antes de la auditoría. Hablo de la bioseguridad como práctica diaria. Como hábito. Como esa cosa aburrida y monótona que se hace todos los días, justamente para que nunca pase nada.
El problema es que en la rutina aparecen los desvíos. Y los conozco de memoria porque los he visto una y otra vez:
- El ingreso que no se registra porque «era el de siempre y había apuro».
- El vehículo de confianza al que se le salta un paso de desinfección.
- El protocolo que se aplica «si alcanza el tiempo».
Parecen pequeños. No lo son. En sanidad avícola, un solo desvío puede abrir una puerta que después cuesta un año volver a cerrar.
Si hoy tuviera que poner el foco en tres frentes concretas, sin humo, sin discursos, serían estos:
Control real de accesos. No alcanza con tener una norma escrita. La norma tiene que traducirse en registro todos los días, con criterio y consistencia. El «casi siempre» no sirve en bioseguridad.
Higiene de vehículos y equipos. Es el eslabón que más se mira cuando salta un problema, pero el primero que se afloja cuando no hay problemas. Ahí está el riesgo.
Equipos entrenados y comprometidos. Los procedimientos los escriben los técnicos. Pero los sostienen las personas. Si el equipo de granja no entiende el «por qué» de cada regla, la regla se cae sola. Y si nadie audita de verdad, el manual se convierte en un adorno.
En momentos de tranquilidad, la bioseguridad compite con mil urgencias. En momentos de crisis, no compite con nada: es la única pared que nos separa del desastre.
No esperemos a que aparezca el fuego para preguntarnos si teníamos bien cargados los extintores.
Hoy, más que nunca, la bioseguridad tiene que volver al centro de la operación. No como un gasto. No como un requisito. Como lo que siempre debió ser: la columna vertebral de lo que hacemos.
Porque cuando la presión aprieta, no improvisa el que sabe. El que sabe, ya viene haciendo.
Dr. Martín Díaz Director de Unidad de Negocios Avícola para el Conosur en Ceva Santé Animal.
Por Martín Díaz
Director de Unidad de Negocios Avícola para el Conosur en Ceva Santé Animal













